Ella lo inspiraba. La amaba. Sólo que... en silencio.
Susana; la dueña del almacén del pueblo, ni siquiera lo sospechaba.
—Es hermoso — dijo, mirando fascinada al oso de dos metros ochenta, que Dimo había tallado.
—Me encanta — volvió a decir —Adónde lo llevas. Lo vendes?.
El hombre terminaba de hacer su cigarrillo, cortó las puntas con los dientes, y con él entre los labios, contestó —No. No lo vendo.
—No?
—No
—Pero... no entiendo — su ceño se frunció —Porqué lo traes. Cruzaste todo el monte con él.
Dimo hizo chispar un cerillo contra un madero y encendió el pitillo. Se tomó unos segundos para expulsar el humo.
—Necesito pedirte un favor.
Susana le miró con curiosidad.
—Quiero que la gente lo vea. Y si preguntan... que les digas que cualquier tallado en madera, estoy listo para hacerlo.
—Cualquiera?
—El que sea.
Susana volvió a mirar al imponente oso. Era un trabajo maravilloso.
—Y el oso es tuyo.
Susana volteó sorprendida.
—¡No! — dijo, tajante. Pero en su interior lo quería, y pagaría lo que fuese, por él.
—Sí.
Sólo, que esté a la vista por un mes. — Susana le miraba.
—Te pagaré lo que valga. Igual lo exhibiré.
Para Dimo era grandioso verle maravillada.
—Susana. Ya es tuyo. — Susana no contradijo más. Sólo agregó —Estará aquí todo el tiempo que quieras.
Dimo dió una pitada al cigarrillo, exhaló; y agradeció feliz.
Amaba a Susana. Ella no lo sabía. La amaba en silencio.


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