jueves, 27 de agosto de 2026

EL TALLADOR

  


      Ella lo inspiraba. La amaba. Sólo que... en silencio. 
Susana; la dueña del almacén del pueblo, ni siquiera lo sospechaba. 
—Es hermoso — dijo, mirando fascinada al oso de dos metros ochenta, que Dimo había tallado. 
—Me encanta — volvió a decir —Adónde lo llevas. Lo vendes?.
El hombre terminaba de hacer su cigarrillo, cortó las puntas con los dientes, y con él entre los labios, contestó —No. No lo vendo. 
—No? 
—No 
—Pero... no entiendo — su ceño se frunció —Porqué lo traes. Cruzaste todo el monte con él.
Dimo hizo chispar un cerillo contra un madero y encendió el pitillo. Se tomó unos segundos para expulsar el humo.
—Necesito pedirte un favor. 
Susana le miró con curiosidad.
—Quiero que la gente lo vea. Y si preguntan... que les digas que cualquier tallado en madera, estoy listo para hacerlo. 
—Cualquiera? 
—El que sea.
Susana volvió a mirar al imponente oso. Era un trabajo maravilloso. 
—Y el oso es tuyo. 
Susana volteó sorprendida.
—¡No! — dijo, tajante. Pero en su interior lo quería, y pagaría lo que fuese, por él. 
—Sí. 
Sólo, que esté a la vista por un mes. — Susana le miraba. 
—Te pagaré lo que valga. Igual lo exhibiré.
Para Dimo era grandioso verle maravillada. 
—Susana. Ya es tuyo. — Susana no contradijo más. Sólo agregó —Estará aquí todo el tiempo que quieras. 
Dimo dió una pitada al cigarrillo, exhaló; y agradeció feliz. 

Amaba a Susana. Ella no lo sabía. La amaba en silencio. 





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