jueves, 2 de febrero de 2023

Emily


        El viejo bus se detuvo frente a "Pueblo Bello". La puerta se abrió para dar paso a Emily. Un metro sesenta de mujer de ciudad. Cabello negro, largo, y expresivos ojos. 

La máquina retomó su marcha. Ella quedó ahí, frente a la ancha calle que parecía llevar directo al sol. Pues, en esa hora de la mañana, estaba justo en el extremo.  
Soltó su equipaje. Se daría un respiro. El paisaje era un placer. Más hermoso de lo que su madre le contaba. Sembrado de árboles y casas blancas contrastando con el abundante verde, y la montaña de fondo. 
Cogió sus maletas y echó a andar. Su primer objetivo sería una hospedería.   Según la información que tenía, tendría que haber una a poca distancia. Un anciano que limpiaba su pipa bajo un cobertizo, seguramente le ayudaría. 

— Buenas tardes. — dijo, soltando las maletas.  
El hombre con cara de gruñón le miró de reojo, y chasqueó la lengua.  
— Buenas tardes, señorita. — respondió al fin, al tiempo que sacaba de  su bolsillo una bolsa de tabaco.

— Necesito hospedarme.

El hombre se rascó la barba muy concentrado. 
— Tendría que ir a la que está camino a los sauces. La de aquí está cerrada. — volvió a chasquear la lengua.

La chica le miraba atentamente. 

— Mire. — dijo este, tomando posición y apuntando con su largo brazo.  — Vaya derechito, derechito, por aquí, y va a llegar donde hay tres álamos. Son los únicos en el cruce de los caminos. Ahí toma a la derecha, y camine, camine, hasta llegar a una casona naranja. Una cantina que se llama, "POR LOS VIEJOS TIEMPOS".  
— ¡Gracias! — dijo Emily con una gran sonrisa; tomando sus maletas.

— Pero, ahí no es.  
— ¡Ah!. — soltó las maletas. 
— Tiene que seguir derechito, derechito. Hasta llegar a una casa grande, color rojo ladrillo.  
Ahí es.

—  O... Ok... gracias... — volvió a sonreír, y otra vez sus maletas.  
— Por nada, señorita. — dijo, devolviendo una bonachona sonrisa.  Y agregó. — Yo no puedo acompañarla. Me duelen mucho las piernas.  
— No se preocupe.
— Vaya con Dios, señorita.
— Que tenga un buen día! 

Al rato; tras un largo camino, no exento de angustia, ¡sorpresa!... Apareció, "POR LOS VIEJOS TIEMPOS". Una anaranjada casa de dos pisos.  
Hizo un alto. Soltó sus maletas. Ya estaba cerca.  Respiró aliviada. Pero, ni bien lo hizo, una extraña sonajera le  sobresaltó, y en una décima de segundo un bulto salió por una de las ventanas. Era un tipo que, luego de dar tres vueltas por el suelo, se puso de pie, y puños apretados, volvió al local.  
Emily miraba con ojos muy grandes. Los ruidos se repitieron, y el hombre reapareció, esta vez  por la puerta, con las piernas  temblequeando hasta llegar al medio de la calle, donde se derrumbó apuntando francamente, con el trasero, al cielo.

Aunque la escena era graciosa, la forastera estaba estática. No pasaron diez segundos, cuando otro hombre salió por la misma puerta, pero, este no temblequeaba, sino, caminaba a gran tranco, sombrero en mano, justo hacia ella. El tipo se veía temible. Este, miró su mano ensangrentada. Pero, no haciendo caso, ahuecó el alón,  lo encajó en su cabeza, y pasó por su lado como roca cuesta abajo.  
La chica soltó la respiración, siguiéndole con la mirada. Él, tiene que haber hecho volar al tipo, pensó. Pero, no contaba con que el individuo intempestivamente volteara, sorprendiéndola. Cuánto fue su arrepentimiento. Deseaba que la tierra le tragara. Este, se devolvió a pasos siempre agigantados, deteniéndose ante ella.  Un temblorcillo se apoderó de su metro sesenta. Él, no menos de uno ochenta. 



— Buen día señorita —   la voz sonó muy ruda. Emily casi grita de espanto.

— Bu... buenos días.
— Busca la hospedería?
— ¡No!  
Bueno... sí.  
Acabo de llegar, y...
— Y qué. — apuró el hombre.
— ¡Voy hacia allá!. — sus ojos ya salían de su órbita.
— Vamos. — y sin decir más, el tipo tomó las maletas sin dar tiempo a nada, y comenzó las zancadas. Emily,  descolocada, se vió forzada a seguirle.  
Fue espeluznante. Nunca se había sentido tan indefensa, tan en desventaja, tan... humillada. El hombre no detuvo sus zancadas en ningún momento. Un zapato salió de su pie. Quiso ir por él, pero el hombre se alejaba demasiado rápido. Decidió olvidarlo, y quitándose el otro, corrió.  Por cada paso del salvaje, ella daba dos y tres.
Fue horrible. Todo un suplicio. Ya lloraba. Pero, al fin apareció aquella bendita palabra, "ALOJAMIENTO". Un letrero añoso, que en cualquier momento caería, pero, era el más lindo que jamás había visto.

***


El lugar olía a delicioso desayuno. 

— ¡Hola! — lanzó el de las zancadas.
— ¡Voy! — se escuchó de vuelta. Tras unos segundos apareció Kathy; rubia alta, y sonrisa de ángel.

— Cómo estás, Pablo. Hola. — saludó a la extraña. Quien respondió tímidamente. 
Se hizo un silencio. Kathy lo rompió enseguida. — A  ver... déjenme adivinar. — se dirigió a Pablo. — La hiciste correr y perdió su zapato. 

Sorprendido, el hombre de las zancadas miró a Emily, quien tenía en su mano un zapato,  y sus pies desnudos. Ante esto no supo qué decir. Pero, despidiéndose, ofreció recuperar el zapato perdido. 

Una vez solas... 

— Bien... vamos a ver ese cuarto. Cómo te llamas? 
— Emily. 
— El mío es, Kathy. Cuántos días te quedarás. 
— Sólo hasta mañana. Luego voy donde mi abuela. Quizás la conoce. Se llama Rosalía. Rosalía Moreno. Y de acuerdo con lo que mi madre dice, su  casa está al pie de la montaña. 
— Claro que la conozco. Pablo trabaja para ella. 
— Qué?
— Sí. 
— El hombre que me trajo aquí? 
— El hombre que te trajo aquí. 
— No puede ser. — dijo Emily cubriendo su rostro con sus manos. 
— Jajajá!  ¡Lo odias!. Pero sabes?  Viene lo mejor.
— Lo... mejor? 
— Él te llevará.
— No. 
— Sí. 
— Pero...
— No hay alternativa. Es el único que te llevará sin contratiempos. Es su casa. No?
Emily respiró hondo. 
— Tranquila. No es malo. 
— No es malo?  Golpeó a un tipo en la cantina que... bueno... supongo que fue él...
— Ya me explico lo de su mano. Pero alguien tiene que haberle dado una buena razón.
— Una buena razón? 
— Sí. Una buena razón. Lo sabremos. Ya lo verás. 


No lejos de ahí...

— ¡Te dije que no te metas con ese gorila!, ¡mira como te dejó! — Decía Carola, apenas conteniendo la ira, mientras limpiaba las heridas del rostro de Julio, su esposo. El tipo que voló en, "POR LOS VIEJOS TIEMPOS".
— Ya, olvídalo. Ya se llevó su vaca. - respondió este, resignado.
— ¡Cómo lo voy a olvidar!, ¡Ahora todo el mundo sabrá que tomamos una de sus vacas!
 — ¡Pero, le dije que andaba perdida! ¡que la encontré en el camino! 
— Sí. Se nota que te creyó. ¡Dios! ¡Mira tu ojo!.


***


Al día siguiente, antes del mediodía, Emily bajaba la escala. Lista para ir en busca de Pablo.  Kathy se hacía un moño. 

— No quisiera molestarla. — dijo Emily 
— No te preocupes. Todo está bien. 


Rato después, Emily temblaba frente a, "POR LOS VIEJOS TIEMPOS". 
Entraron al lugar, que ya tenía unos cuantos clientes, y... ahí estaba Pablo. Al final del mesón, charlando fascinado con la bella mesera. El cuadro era muy romántico. Emily miraba a Kathy, quien tenía los ojos clavados en ellos.

— Kathy.
— La voy a matar. 
— Vamonos. Sí? — rogó Emily. 
— Es broma. Espera aquí. 

Se plantó frente a la feliz pareja. Kathy carraspeó para llamar la atención. Pablo recibía cariñitos de la mesera.

— Pablo. — Pablo no escuchaba. Estaba ido.
— ¡¡PABLO!! - Todo el mundo volteó.
— Kathy — reaccionó, este. — Qué pasa.
— Emily.
— Qué?
— Emily quiere ir a la casa de su abuela.
— Quién es Emily. 
— Pablo. — repitió Kathy, armandosé de paciencia. 
— Cándida. Dame un minuto. — dijo el enamorado. 
— Sí, bomboncito. Por aquí estaré. — sopló al oído de Pablo, pero, asegurándose de que Kathy escuchara. Kathy quería estrangularla. 
— Disculpa. Decías?
— Sí, bomboncito. — dijo burlándose.
Decía que ella viene a visitar a su abuela, y su abuela es tu patrona.
— Su abuela, mi... patrona?
— Ay, Dios. ¡SIIII!... ¡¡SU ABUELA TU PATRONA!! —  Todo el mundo volteó otra vez. 

Pablo miró a Emily. Recogió un bolso del que sacó el zapato perdido, y fue donde ella. 

— Eres nieta de Rosalía? 
— Sí. — sus ojos se abrieron más aún. — La mayor. Hija de Patricia.
— Em... Bien. Te llevaré. Ten. — el zapato volvía a su dueña. 

Pablo hizo un gesto a Cándida, quien se retiró haciendo un mohin de desprecio de esos que saben hacer las mujeres. Luego, los tres se dirigieron a la salida, pero... un gordo de dos metros de altura, acompañado de otro tipo también gordo pero rechoncho y barbón, se instalaron en la entrada. 

— Chicas. Esperen allá. — ordenó Pablo. Ellas se apartaron de inmediato.
— Qué pasa.  — preguntó Emily. 
— Tranquila. — fue toda la respuesta de Kathy.

Pablo puso sus brazos en jarras diciendo:

— Bien... Cuál es la idea. 

— Cómo esstáss, amigo. — dijo el gigantón graciosamente, por la falta de sus dientes.
— Estoy muy bien. Sólo...
— Sólo qué. — preguntó el otro.
— Que ustedes no son mis amigos.
— Te equivocas. En cuanto te vimos, dijimos,  "Este es un gran amigo". Y queremos darte un gran abrazo. — dijo el del siseo. Pablo, más que preocuparse, estaba a punto de reír, pero se contuvo.

— Aprecio mucho el gesto, pero ahora tengo apuro. Lo dejaremos para otro día. Qué les parece.
— Nos parece bien. Pero insistimos. — Los tipos se pusieron en movimiento extendiendo sus brazos. Emily y Kathy, asustadas, veían cómo su amigo los esquivaba. Estos hacían grandes esfuerzos.  Pablo saltó con la facilidad de una cabra montés a una de las mesas. Todo el mundo se puso en tensión. Siguió saltando de mesa en mesa. Los "amigos" derribaban todo a su paso. El objetivo era muy escurridizo. Este salió a la calle. Los tipos ufaban trás él como toros. La gente se agolpó para salir y no perderse detalles. 

— Pobrecitos. — dijo Kathy.
— Pobrecitos? — dijo Emily.

— ¡¡PÁRATE AHI MALDITO!! — Gritó el barbón, saltándole la barriga y las mejillas

— ¡¡EL QUE ME ALCANCE SE LLEVA El PREMIO!! — gritó Pablo. Las zancadas le mantenían a buena distancia de sus adorables amigos.

— ¡YA VERÁSS MISSERABLE! — dijo el otro con su fantástico siseo. La gente ya disfrutaba el espectáculo. Los tipos estaban lejos de darle alcance. Pablo cruzó la calle sonriente, para volver por el frente. El cansancio rápidamente se hizo notar. El sudor apareció en sus rostros, el jadeo cobró un importante protagonismo. El barbón se enredó en sus propios pies yéndose de punta. Aró la tierra con la nariz. El otro, similar condición. Ya no pudo más. Se sentó en una tarima para recuperar el aliento.
Pablo se detuvo y se devolvió para sentarse a su lado con toda confianza. El tipo jadeaba.

— Estás fuera de forma, eh?.

El ropero le miró y le tiró un zurdazo que fue esquivado sin problemas, y el pesado cuerpo de este se fue a tierra quedando panza arriba, definitivamente exhausto.

Un poco más allá, Kathy saltó eufórica.

—  Ves? ¡Lo sabía!. ¡Sabía que les daría su merecido!. — decía tirando golpes al aire.

Pablo se puso de pie buscando a las chicas. Ellas venían muy orgullosas. Kathy le abrazó admirada. Emily sólo se limitó a sonreír. Las dos caminaban al lado del vencedor. Más allá, Cándida, al verlas se devolvió a la cantina. Algunos los saludaban con admiración. Y es, que esos personajes parecían realmente invencibles. Ahora yacían ahí, magullados y rendidos como matoncitos de escuela.

— Bueno. — rompió el silencio, Pablo. — Vamos a casa.

 — Yo me quedo. — dijo Kathy. —  Emily ya está en casa se puede decir. Ya nos veremos. — Kathy tocó a Emily con la punta de sus dedos, quien agradeció asiendo su mano.

***


Más tarde, tras una largo camino, en el que Pablo moderó sus zancadas, se detuvo.

— Ves aquella casa? — apuntó Pablo. Esta se veía lejana y de camino empinado.

— La veo. — respondió. El trayecto ya la tenía cansada. Se acercó al riachuelo que hacía rato le tentaba para refrescarse. — Sólo dame unos minutos. — dijo, al tiempo que se quitaba los zapatos. Pablo le miraba con toda atención. Emily metió sus pies al agua cerrando sus ojos.
Y fue, que Pablo vió cuán bella era.

El destino, al parecer, tenía planeado sorprenderlos. Emily abrió sus ojos y  pudo ver el contenido de los ojos de Pablo. Este, no supo qué hacer. El rostro de Emily se llenó de colores, los que trató de esconder mirando las animadas aguas.

Pero, mientras esto hacía, sintió que perdía el contacto con la tierra. Eran los brazos de Pablo.

— ¡Qué hace! ¡Déjeme!
— Vamos. Se hará tarde.
— ¡Puedo caminar! — protestó sin conseguir nada. Se resignó. Tapó su rostro con sus manos.
No supo cuánto duró aquel viaje. Pero mientras sucedía, ese extraño sentir se repetía.
En el corazón de Pablo sucedía igual mientras la llevaba camino arriba.

Comenzarían entonces las razones para no alejarse más, el uno del otro.